Irene se sentía irritada ante las risas de su esposa. Incluso, verla tratando de no hacer demasiado alboroto, cubriéndose la boca con una mano, mientras se sostenía el estómago con la otra. Ariel se encontraba un poco incómoda, al inicio, pero pasados unos segundos sus labios se curvaron en una sonrisa y un poco después una risa ligera acompañó a la de su madre.
Luego de varios minutos y un vaso de agua, para calmarse un poco, Sophía se recompuso y tomó la palabra.
—Realmente, se me hace difícil creer la historia, pero al mismo tiempo, sí puedo creer lo que la psicóloga dijo.
Ariel asintió, de acuerdo con su madre. Para ellas, era complicado hacer un plan para secuestrar a Ariel, si era lo que quería, en un pub a mitad de la noche, sin saber realmente que iba a estar ahí.
—Sin embargo, la situación es un poco rara, ¿por qué se disfraza, y se esconde, cuando va al Black Spark?
Ambas adultas miraron a su hija. Ariel, un poco confundida miró a sus madres, y tras pensarlo un poco respondió:
—Supongo que es por su personalidad nerviosa. Seguro piensa que si descubren que va a clubs nocturnos o que escucha música rock, podrían denunciarla y perdería su trabajo.
—¿Pero hay gente que sigue pensando de esa manera en estos tiempos? —se quejó Irene, haciendo una mueca de desagrado.
—Es posible que haya crecido en una familia muy conservadora o estricta —Opinó Sophía, dándole una palmadita amistosa, en la rodilla, a su esposa.
—Sí, como sea —Dijo Irene, relajando el gesto. —Ariel, ve a tu habitación y duerme un poco. Buenas noches.
Ariel asintió, les dio las buenas noches a sus madres y se fue a su habitación, aunque no se durmió hasta media hora después de meterse en la cama.
El fin de semana pasó sin novedades, y rápido, tanto que Ariel no tuvo tiempo de pensar en lo que había ocurrido con Martha Alzama. El día lunes, Ariel estaba más preocupada por conversar con Cecilia Adler. Caminaba casi por inercia, mirando el gris camino desde la estación del tren hasta la escuela, apenas percatándose de las demás personas, lo suficiente para esquivarlas y no chocar mientras andaba. Incluso cuando cruzó la entrada de la escuela, no se percató de las miradas de las alumnas que se le clavaban como alfileres. No fue hasta que una voz familiar la sacó de sus pensamientos y la trajo a la realidad. Era Aisha.
—Ariel, ¿cómo estás? —el tono de preocupación no pasó desapercibido por la joven. Era evidente que su pregunta no solo se debía a su estado de salud.
—Hola —Saludó Ariel, con un gesto con la mano —. Estoy bien, la noche del viernes para el sábado, fui con mi mamá Irene a verla tocar, estuvo...
—Espera, espera —Interrumpió Aisha.
Ambas chicas caminaron, Aisha guiaba a Ariel a un rincón del patio, donde no pudieran escucharlas. Otras alumnas caminaban hacia sus respectivas aulas, algunas susurraban entre sí mientas miraban a Ariel, aunque Aisha intentaba cubrir a su amiga de las miradas indiscretas con su propio cuerpo.
—Ari, lo que pasó con Alzama, el chisme corrió por todo el cole, están hablando de ti. No sé si te van a llamar a la dirección.
La voz de Aisha era un susurro, sonaba más preocupada.
—No sé qué te preocupa. Peleé contra la gorila y no terminé en el piso, seguramente me miran por eso. Y lo de la dirección, no creo que sepan que fui yo, no sé si Alzama quiera decir quien le pegó, y si lo hace, es posible que me crean más a mí, si digo que ella me acosaba desde antes y que solo me defendí, no creo que tenga problemas.
ESTÁS LEYENDO
Crónicas de una Afrodite
HumorEn un mundo donde los hombres no existen, algunas mujeres poseen genitales masculinos y femeninos (Afrodites). Ariel, una muchacha afrodite, empezará a descubrir lo complicado que puede ser una, más aun si lo que deseas es que ese aspecto de tu vida...
