Prólogo
La pérdida del hijo predilecto:
Fui el hijo que todos mostraban con orgullo.
El que tenía futuro.
El que saludaba con respeto, sacaba buenas notas, le brillaban los ojos y sonreía sin miedo.
Fui el hijo que se sentaba en la mesa con los grandes, el que prometía ser alguien, el que no debía fallar.
Fui ese.
Hasta que dejé de serlo.
Hasta que el mundo me partió en dos y yo, en lugar de reconstruirme… me hice cenizas.
Hoy mi nombre todavía resuena en algunas bocas, pero ya no con esperanza.
Ahora suena con pena.
Con ese silencio incómodo que viene después de un suspiro largo.
Soy una especie de leyenda rota.
Una historia de advertencia.
Un “mirá lo que pasó con él”.
No sé en qué momento empecé a perderme.
Tal vez fue el día que me di cuenta que las expectativas no eran alas, sino cadenas.
O la noche en que mi cuarto se volvió una celda y mi cabeza un campo de batalla.
O quizás fue cuando la tristeza dejó de doler y empezó a ser parte de mí.
Como un órgano más. Como un tumor que no se ve, pero late.
Y así fui dejando de ser.
Ya no brillaban mis ojos, se hundieron.
Ya no hablaba con firmeza, solo murmuraba para no quebrarme.
Y cuando me preguntaban cómo estaba, respondía con sonrisas falsas que me dolían más que el silencio.
Empecé a fumar.
No por placer, sino por castigo.
Cada bocanada era una forma de decirme que me odiaba.
Que no merecía el aire limpio.
Que debía marchitarme.
Y me fui volviendo oscuro.
No malo, no cruel… solo vacío.
Demacrado, como dijo mi hermana.
Opaco, como dijo mamá.
El hijo predilecto, el favorito, el de las esperanzas…
se estaba muriendo en vida.
Y nadie sabía qué hacer con eso.
Porque nadie enseña qué hacer cuando el que prometía salvarse es el primero en rendirse.
A veces me siguen los muertos.
Lo digo en serio.
Cuando enciendo un cigarro, siento que uno de ellos me alcanza el encendedor.
Cuando subo a la moto, hay uno que se sienta detrás y me abraza fuerte, como si fuera la última vez.
Y por raro que suene… me reconforta.
Porque al menos ellos no me exigen nada.
Solo están.
Y yo también estoy, aunque ya no sepa cómo.
Es irónico.
Todos me decían que iba a llegar lejos.
Y acá estoy, más lejos de mí mismo que nunca.
Perdido entre versiones rotas de quien fui.
Este libro no es un grito de ayuda.
Es una lápida escrita con tinta.
Un testamento de lo que fui.
Una carta para el Guido que se quedó en el pasado.
Yo era el hijo predilecto.
Y ahora, solo soy una sombra que escribe.
Dicen que cuando un hijo muere, los padres entierran su alma en vida.
Pero nadie habla del hijo que muere por dentro mientras aún respira.
Del que sonríe para no decepcionar.
Del que se rompe en silencio para no hacer ruido.
Del que carga las expectativas como una soga al cuello.
Ese hijo no se entierra.
Ese hijo se va pudriendo de pie.
Yo era ese.
El que todos alababan.
El que todos miraban con orgullo.
“Guido lo puede todo”, decían.
Hasta que dejé de poder.
Nadie notó la primera fisura.
Cuando dejé de reír con el pecho y empecé a sonreír con la cara.
Cuando empecé a fumar uno tras otro, como si cada calada fuera una disculpa.
Cuando rompía mis nudillos contra paredes porque prefería sangrar por fuera y no por dentro.
Cuando me acostaba con cuerpos que me olvidaban al día siguiente…
y yo los olvidaba al instante,
porque no eran lo que necesitaba.
Porque yo no necesitaba placer.
Necesitaba amor.
Y el amor no estaba.
Mis pulmones dijeron basta antes que mi alma.
El doctor me miró a los ojos, con esa compasión asquerosa que usan los que aún creen en la salvación, y me dijo:
“Guido… dejá de fumar. Te estás matando.”
Pero yo ya lo sabía.
Y lo seguí haciendo.
Porque a veces, la muerte es lo más honesto que uno tiene.
Mi mamá llora cuando cree que no la escucho.
Dice que me ve distinto, que mi aura está gris, que ya no brillo.
Y tiene razón.
Porque cuando te morís en vida…
dejás de reflejar luz.
Te volvés sombra.
Y sin embargo, sigo siendo el delegado de la facultad de enfermería.
Qué ironía.
El enfermo liderando a los futuros sanadores.
El hijo roto sosteniendo las sonrisas ajenas.
El que cuida mientras nadie lo cuida.
Mi hermana dice que me veo demacrado.
Que no soy el mismo.
Pero nunca fui.
Solo actuaba mejor antes.
Y ahora los muertos me siguen.
Sí.
Los muertos.
No los imaginarios.
Los verdaderos.
Los que siento cuando prendo un cigarro y uno me alcanza el encendedor.
Cuando subo a la moto y otro se sienta atrás y me abraza con frío.
Ellos no me juzgan.
Ellos no me piden que sonría.
Solo caminan conmigo.
Y yo…
yo me puse cómodo con su compañía.
Porque me recuerdan que sigo vivo, aunque me sienta muerto.
Porque su silencio me entiende más que mil palabras.
Porque al menos ellos no me piden que sea fuerte.
Solo me acompañan.
Solo existen… conmigo.
Quizás esa sea mi maldición.
Haber nacido para ser el orgullo de todos
y terminar siendo la decepción de mí mismo.
Quizás nací para arder,
pero me apagaron tan pronto
que ahora solo soy ceniza caminante.
Y aún así… aún así escribo.
Porque esta historia no es mía.
Es de todos los hijos rotos.
Los que aún caminan.
Aunque ya no tengan pies.
Los que aún respiran.
Aunque el aire les queme los pulmones.
Este no es un libro.
Es un funeral sin flores.
Una carta sin dirección.
Un grito sin eco.
Bienvenidos a la pérdida del hijo predilecto.
No esperen respuestas.
Acá solo hay verdad.
Fin del prólogo.

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La pérdida del hijo pródigo
RandomGiro tenía todo para ser eterno. El hijo perfecto. El estudiante brillante. El líder nato. El orgullo de su madre, el espejo de sus compañeros, la promesa que todos daban por segura. Pero nadie advirtió el precio. Nadie vio el peso que le arrancaba...
