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Mamá Isabella era perfecta ante los ojos de sus queridos niños.
Su amabilidad parecía fuera de este mundo, su amor era el más genuino, hasta parecía infinito. Su voz podía calmar un llanto incesante y solo su mera presencia podía espantar pesadillas en la noche y traer de vuelta la calma.
No había nada que no supiera, no se le escapa ni una sola oportunidad para demostrar lo buena que era en casi cualquier cosa, sus acciones terminaban enseñando mucho más de lo que pensaba a sus pequeños y eso era tan satisfactorio para ella.
Isabella era el espejo en el que se proyectaban sus hijos, en especial las niñas: deseando con todo su corazón crecer y ser adultas para convertirse en madres tan atentas y valiosas como esa mujer que los cría.
Con esa imagen de la mayor los niños despertaban y dormían cada día. No veían más allá, no había algo más, no creían en otra imagen de ella que no fuera esa, no existía.
Porque mamá Isabella era perfecta.
Todas esas eran creencias ilusas e ingenuas que se esperan de pequeños seres inocentes como ellos. La mayoría era cierto, pero solo un escudo que estuvo protegiéndola desde el día uno luego de ser ascendida como madre de la tercera plantación: Grace Field House.
En el sitio al que solo los traviesos y valientes se atreven a entrar, la oficina de la única adulta en esa casa: justo un estante de libros común y corriente a la vista se desliza a un lado con ruido casi imperceptible, la luz cálida de la lámpara sobre el escritorio resplandece contra la figura que emerge de la oscuridad que esconde la estructura de madera.
Otro día, otro reporte terminado.
Al acomodar tras su espalda el estante de nuevo cerrando ese lugar al que asiste en rutina todas las noches, Isabella se queda ahí, no avanza otro paso:
Su rostro, que normalmente es plácido, mostraba una neutralidad inquietante: sus labios eran una línea recta inexpresiva al igual que sus finas cejas sobre sus ojos violetas que a pesar de que el candelabro la abrazada con su luz vacilante no era capaz de crear brillo en tan profundo y estoico mirar.
Hoy había sido otro día de esos.
Hace unas horas, otro niño salió de la casa tomado de su mano directo a una hermosa mentira que terminó en la más fría crueldad.
Una que fué necesaria para que ella regresara y estuviera justo ahí de pie.
Otro día sobreviviendo.
Era una cadena sin fin, un ciclo, una repetición incesante: una tarea tan tortuosamente lenta y que ponía su propia cordura a prueba:
«Críalos. Cuídalos. Edúcalos. Eséñales. Hazlos valiosos, preciados. Entrégalos.
Vive...»
Se repudiaba a sí misma. Incluso a veces le asustaba lo automático que su rostro, gestos y acciones se volvían cotidianos día tras día, como si no hubiera pasado nada.
Como si un precioso ángel suyo no hubiera sido asesinado y por el que no se atrevió a detener tan triste final.
Su mano derecha se cerró lentamente, la misma que sostuvo la similar más pequeña de aquel niño, se cerraba con remordimiento sintiendo el vacío que ocuparía una vida dependiente de ella, tan creyente de ella.
Respiró hondo, alineó sus pensamientos culposos, concentrada se encargó de silenciar un rato su intensa conciencia remarcandole los mil y un errores que significaban cumplir su mandato.
¿Pero podía hacer algo más? Ella no era tan diferente a sus niños, ella también era una víctima en un mundo retorcido donde nadie se preocuparía por su bienestar más que ella misma.
Retomó sus pasos al escritorio para tomar asiento en él, tomar una pluma con tinta y escribir sus próximas actividades para los días siguientes allí.
El reloj marcaba un cuarto para la una de la mañana: mientras los otros niños dormían, Isabella vigilaba o se ocupaba de otras cuestiones de su cargo.
Podían contarse las noches en las que dormía con tranquilidad, si duerme ahora es más por ser una necesidad fisiológica básica que necesita su propio cuerpo, no un descanso que tenga el lujo de merecer.
— Luces tan triste y cansada, Isa. . .
Un susurro ligero como el viento que se cuela entre cortinas, un tono que distingue preocupación con tal suavidad genuina que es capaz de erizar los sentidos.
La nombrada detiene su caligrafía sobre la hoja un momento, se reprime a sí misma de levantar la mirada, de seguir esa voz. Ignora tanto como puede esa vibra tan extraña pero tan atrayente, sabe que es difícil de pasar por alto.
No era la primera vez que de la nada estaba acompañada de alguien más, pero era un recordatorio de que su propia cabeza jugaba con ella cuantas veces quisiera.
— Estoy triste y cansada, Leslie. . .
Y como ocurría cada vez, Isabella responde rendida. Dejó a un lado su labor nocturna, subió la cabeza y de nuevo sus sentidos se erizan:
Un niño aparente de doce años estaba del otro lado del escritorio, sus brazos acomodados sobre el mismo servían de apoyo a su cabeza ladeada. Tenia una tez pálida y pecas esparcidas como estrellas en el cielo oscuro, cabello lila como las flores y por supuesto: un par de orbes azulados tan reconocidos y dolorosos para Isabella.
A pesar de sus palabras su rostro transmitía una adoración entrañable hacia la mayor, un sentimiento tan puro como el color blanco de un par de mariposas que revoloteaban por encima del niño dejando estelas desvanecientes y delicadas, distinguiendo así su irreal presencia.
— Nunca habría imaginado lo amada que serias por ellos. . . —vaciló el ojiazul sin cambiar su imagen— ¿Duele?
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𝑂𝑛𝑒-𝑆ℎ𝑜𝑡'𝑠 || 𝑅𝑎𝑦 & 𝐼𝑠𝑎𝑏𝑒𝑙𝑙𝑎
Fanfiction🌷;; Historias tiernas, tristes o peligrosas de madre e hijo ──────⊱◈◈◈⊰────── ¡Espero que te guste! ...𝓻𝓪𝔂𝓽𝓾𝓵𝓲𝓹... #🥇; 𝙡𝙚𝙨𝙡𝙞𝙚𝙭𝙞𝙨𝙖𝙗𝙚𝙡𝙡𝙖 (1/03/23) #🥈; 𝙣𝙞ñ𝙤𝙨𝙜𝙖𝙣𝙖𝙙𝙤 (19/03/23)
