El invierno en la ciudad no se parece al de mi pueblo. Allí huele a pan recién horneado y a café pasado; aquí, a humo de buses y a lluvia atrapada en el cemento. Llevo un mes viviendo sola en un departamento diminuto donde el silencio pesa más que las paredes de concreto, añorando la calidez que solo se siente cuando estás en casa.
Es lunes y comienza mi tercera semana en la universidad. Entré al aula de Ética, me senté en la primera fila y abrí mi cuaderno. Como en las dos semanas anteriores solo quería pasar desapercibida.
Entonces, la puerta se abrió.
Él entró con un aire insolente que desordenó el ambiente. Melena larga y revuelta, jeans rotos, tatuajes que se escapaban bajo la manga de su camiseta negra. Parecía no pertenecer allí, y justamente por eso nadie podía ignorarlo.
La profesora lo llamó.
—Preséntese, joven.
—Renzo —dijo, con voz baja, mirando hacia el fondo. Como quitándole importancia a todo y todos en su entorno.
Lo miré demasiado. Y, de pronto, él desvió los ojos hacia mí. Fue un cruce breve, pero me cortó la respiración. Sonrió de medio lado y mi corazón se desbocó.
Pasó junto a mí para sentarse atrás. Solo entonces solté el aire que no sabía que había estado reteniendo.
El destino nos puso en el mismo grupo de trabajo.
Con nosotros estaba Kiara, la única persona que me había hablado desde la primera semana. Tenía una dulzura tranquila, de esas que te hacen sentir acompañada incluso en silencio. Compartíamos bancas, almuerzos, confidencias pequeñas que me salvaban de la soledad. Kiara se había convertido en mi refugio seguro en este lugar donde todo era novedad. Siempre sonriendo con unas pestañas larguísimas que enmarcaban su rostro y resaltaban lo guapa que era.
Ese día nos reunimos los tres en la cafetería. Kiara y yo intentábamos organizarnos; Renzo apenas escuchaba, distraído con su celular. Levantaba la mirada de vez en cuando, y cada vez que lo hacía, se topaba con la mía.
Al final, me pidió prestado el cuaderno. Al devolvérmelo, se inclinó demasiado cerca.
—Gracias, linda.
Esas palabras me dejaron temblando.
Esa noche, al repasar mis notas, encontré un mensaje en la última página:
"Si necesitas ayuda o un amigo, escríbeme. Tus ojos también me gustan."
Debajo, un número.
Cerré el cuaderno de golpe, como si escondiera fuego. No me atreví a escribirle, pero dormí con mariposas en el estómago.
Las semanas siguientes se llenaron de pequeños gestos. Un dulce en mi mesa. Un guiño fugaz. Un roce de manos. Para cualquiera serían nada; para mí, eran todo. No podía dejar de sonreír, ir a clases se había vuelto mi actividad favorita.
Nunca le conté nada a Kiara. No quería sonar ingenua, solo habían pasado tres semanas. Guardé el secreto, alimentándolo sola.
Mientras tanto, Kiara se volvió indispensable. Era mi consuelo en esta ciudad. Con ella la rutina se volvía más ligera, como si el peso de la soledad se partiera en dos.
Tenía una amiga y tal vez pronto un amor.
Al cumplir un mes de clases, un grupo propuso salir a un bar. Dudé. No era de fiestas, pero Kiara me animó.
—Vamos juntas —me dijo.
Acepté.
Al llegar, lo vi en la entrada. Renzo. Estaba guapísimo. Su melena en una pequeña coleta. Mi corazón dio un salto. Cuando me miró, se enderezó.
—Te ves preciosa.
Me tomó de la mano, me giró como si bailáramos y me dio un beso en la mejilla. Sentí que el corazón me iba a estallar.
Dentro, entre risas y vasos de cerveza, alguien propuso jugar a la botella. La botella giró.
—Renzo, ¿verdad o reto?
—Reto.
—Dale un beso en la mejilla a la persona que te gusta.
El tiempo se detuvo. Mis manos empezaron a sudar inmediatamente. La idea de que él se me acercara despertó un sentimiento que me lleno de calidez. Él se levantó, avanzó hacia mi lado... y pasó de largo.
Se inclinó frente a Kiara.
El beso fue para ella.
El crujido en mi pecho me pareció ensordecedor. Todos celebraron, Kiara se sonrojó. Yo intenté sonreír, pero sentí que mi rostro se quebraba.
Renzo fue a sentarse junto a ella, le pasó un brazo por detrás. Luego levantó la mirada hacia mí y me guiñó, como si todo hubiera sido un juego.
Corrí al baño. Kiara entró detrás de mí, con el rostro encendido.
—Abril... tenía que contarte algo —dijo, nerviosa, ilusionada—. Desde hace un par de semanas siento que Renzo me mira distinto. El otro día me dejó un dulce en la mesa, y en la cafetería me escribió su número en el cuaderno. No sabía si decírtelo, pero ahora, después de lo de la botella... creo que sí, creo que yo también le gusto.
Mi mundo se vino abajo.
Quise gritar que ese dulce fue mío, que ese número estaba en mi cuaderno, que esas miradas eran para mí. Pero Kiara sonreía con tanta inocencia que me paralizó.
—¿Qué piensas? —me preguntó, con ojos brillantes.
Tragué saliva y forcé una sonrisa.
—Pienso que eres afortunada, Kiara.
No sé si mi voz sonó sincera o quebrada.
Esa noche regresé a mi departamento. Encendí la luz y me senté en la cama. Abrí el cuaderno: allí estaba, en la última página, el número de Renzo y aquellas palabras.
"Tus ojos también me gustan."
¿Había sido para mí? ¿Para ella? ¿Para las dos?
Quizá nunca hubo señales. Quizá me inventé la historia con cada gesto. O quizá él jugaba con ambas, disfrutando del vértigo.
No importa.
Lo que sentí fue real. Fueron dos semanas emocionantes, una ilusión que me arrancó del letargo y me mostró que estoy viva, aunque hoy duela.
Quizá todo estuvo solo en mi cabeza. Quizá no.
Quizá es parte de crecer, de madurar.
Al final tal vez no se trataba de Renzo sino de una sonrisa nueva, un instante inesperado, una ilusión fugaz.
Un idilio solamente.
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Un idilio solamente #shortysES2025
Romance"Un cruce de miradas. Un secreto escrito en un cuaderno. Una ilusión que parecía amor... hasta que la realidad se encargó de romperla. Fue intenso, fugaz, y quizá solo existió en su mente... "
